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Impulsividad y conducta de riesgo en la adolescencia

 

 

La adolescencia es una etapa llena de cambios y transformaciones, gran parte de esos cambios se suceden en el cerebro y muchos de los mismos son responsables de las actitudes que vemos en ellos a lo largo de este periodo evolutivo.

Estadísticamente hablando durante la adolescencia se evidencia una toma mayor de riesgos, así como un incremento en la respuesta impulsiva y disminución del autocontrol, de lo que se presentaría en edades como la niñez o la adultez. De ese modo, aunque no se busque generalizar sobre la impulsividad, pudiese considerarse de que la tendencia a su aparición, más aún asociada a conductas de riesgo pudiese estar estrechamente relacionada con la llegada de la adolescencia.

Laurence Steinberg en el año 2007 publicó una importante e influyente revisión con su perspectiva, basada en la evidencia, determinada a explicar los orígenes neurobiológicos de la respuesta impulsiva en adolescentes. Encontrando que se evidencia una competencia entre las habilidades relacionadas con el razonamiento cognitivo ubicadas en las regiones exteriores del cerebro, tales como las cortezas prefrontal lateral y parietal y aquellas partes de la corteza cingulada anterior con la cual aquellas están conectadas, habilidades relacionadas con la planeación, el pensar en el futuro y la auto-regulación.

Y aquellas capacidades psicosociales, localizadas en las áreas límbicas y paralímbicas del cerebro, encargadas de moderar el control de los impulsos, la regulación de la emoción, la demora de la gratificación y la resistencia a la influencia de los pares. Mismas competencias que se van madurando de camino a la edad adulta, pero que ven una acuciosa disminución en las edades relacionadas con la adolescencia.

Esta competencia entre ambas capacidades (cognitivas y psicoemocionales) se ve determinada por la presencia o no de pares en medio de la toma de decisiones, así como la existencia o no de señales sociales que ameritan la regulación emocional. De este modo, siempre que el adolescente se enfrenta a una situación social, de presión o amenaza en especial con regulación de pares, hay mayores probabilidades de que le cueste más trabajo contener una respuesta impulsiva, reactiva y mayoritariamente de riesgo. Estos hallazgos fueron comprobados por Kristina Caudle, neurocientífica del Colegio de Medicina Weill Cornell, en Nueva York, en un estudio sobre impulsividad y señales sociales de amenaza realizado en el 2012.

Claramente existirá una mayor tendencia en adolescentes que han vivido en entornos familiares donde se ha favorecido la represión emocional por sobre la gestión emocional positiva y donde se le ha dado prioridad a las expectativas externas y a la presión social del entorno durante la infancia. De modo que se han recurrido a estrategias de crianza que han disminuido la autoestima del niño y modificado su autoconcepto.

Entre los indicadores que pudiesen mostrar que un adolescente puede presentar dificultades en el control de los impulsos y factores de riesgo resaltan:

  • Buscan experiencias excitantes y arriesgadas.
  • Muestra baja tolerancia a la frustración.
  • Se le dificulta gestionar el aburrimiento.
  • Le cuesta planificar y mantenerse organizado.
  • Cambia constantemente de actividades y rara vez culmina una tarea antes de dar paso a otra.
  • Le cuesta aguardar su turno o mantenerse paciente en situaciones que ameritan espera.
  • Generalmente se comporta de manera poco apropiada en espacios sociales.
  • Parece que cambiase de gustos en relación con los amigos que posee.
  • Muestra dificultad para manejar la presión social.

Para acompañar a los adolescentes en este proceso y ayudarles a manejar mejor estas situaciones se puede: 

•Conversar y guiarles a evaluar los momentos en los que puede perder el control o que se siente sin recursos para afrontar una determinada situación.
•Así mismo ayúdale a crear listas de soluciones para estas situaciones y otras similares. Con estas propuestas alternativas se busca aumentar sus habilidades de autocontrol.
•Ayúdales con técnicas de autogestión de la respuesta corporal, como las de respiración, tiempo fuera y autoverbalizaciones que le ayuden a canalizar mejor la situación.
•Ayúdales a crear pensamientos positivos y aumentar su autoconfianza, así como a sentirse acompañado por sus padres y cuidadores, más allá de juzgarle.


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