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Mamitis más allá del mito, una aproximación desde la psicología

 

 

"Llora con todo el mundo", "solo quiere que yo lo cargue", "no deja que mas nadie le atienda", "me llama mamá, mamá, mamá de manera desesperada cada cinco minutos"; estas son algunas de las frases de madres de bebés o niños y niñas que están atravesando por una etapa de gestión del apego e interacción con el mundo. La mamitis o mamitis aguda como la denominan comúnmente se constituye como una etapa normal en el desarrollo y consolidación de la estructura psíquica del sujeto. Se trata de etapas (6-8 meses, 18-24 meses, 3 años) en las que el esquema de interpretación de estímulos, la gestión del apego y el manejo de las demandas de interacción del entorno remite a los niños y niñas a una necesidad inminente de aferrarse a la madre como figura de seguridad emocional. Claramente, la dificultad en estas etapas se centra en que el bebé experimenta angustia real ante la idea de perder a la madre. En sus primeras apariciones obedece al modo como se interpretan y organizan los estímulos, el bebé aun no tiene permanencia del objeto por ende cuando mamá desaparece de su campo visual representa, no solo que no está, sino que es posible que no vuelva. La sensación de perdida es real y por ende surge la necesidad de estar junto a la madre para evitar que está deje de estar disponible, en caso de presentarse una emergencia. De este modo, durante esta etapa la necesidad de apego subyace como un instinto básico de supervivencia que el bebé intenta a toda costa preservar. De allí que, mientras mayor movilidad gano, más riesgo corro, por ende, necesito a mamá cerca. En la etapa subsiguiente, la necesidad real de mamá se acentúa debido a la naciente auto afirmación del bebé, quien hasta hace poco se percibía como una estructura indivisible de la mamá. Ante esta sensación de que ahora somos dos, el bebé necesita aferrarse a su madre para sentirse seguro.

 

Cercano a los tres años, la necesidad de estar constantemente junto a la madre o figura de apego principal vuelve a instaurarse, esto generalmente asociado a las demandas de interacción con terceros, ya que pese a que les percibimos más autónomos aun elegirán permanecer cerca de la madre para sentirse seguros, es por ello que los niños buscan resguardarse nuevamente para recalibrar su confianza, comodidad y seguridad en el entorno, puntos claves para garantizar una interacción segura con el entorno. Claramente, existirán situaciones externas que podrán demandar necesidad de afirmación de la seguridad que le brinda al bebé la madre, ejemplo de ello: cuadros de enfermedad o accidentes, llegada de un hermano, inicio de la escolaridad, que mamá inicie un nuevo trabajo o un cambio en sus rutinas, cambio de domicilio etc. Como vemos estos desencadenantes, algunos evolutivos y esperados, otros ligados a las situaciones de vida, van a despertar una necesidad genuina e inminente del bebé de permanecer junto a la madre o figura de apego principal, en búsqueda de autoafirmación, seguridad, confianza y hasta comodidad.

 

Durante estas etapas de gestión del apego se pueden presentar conflictos, producto del agotamiento que puede suponer para la madre debido a la necesidad de los hijos de aferrarse a esta como soporte emocional y psíquico. Así mismo, el entorno puede jugar un gran papel en contra de la gestión efectiva de esta etapa, pues muchos opinarán, criticarán e incluso etiquetarán a los hijos, la relación y los modos como se lleva a cabo la crianza. Si a eso le sumamos además, los posibles celos o sensaciones de no ser querido de igual manera que pueden experimentar los terceros cuando un bebé vive esta etapa, entenderemos claramente la razón por la cual este momento evolutivo, esperado y normal puede convertirse en un conflicto para las familias.

 

Para hacer frente a esta etapa lo más recomendable es acompañar a nuestros hijos en esta transición pasajera, mantenernos lo más cercanos y disponibles posibles, a fin de garantizarle la restauración de la confianza y la ganancia de seguridad de manera más rápida y efectiva. Partiendo de la interacción con la madre, propiciar espacios de juego o vincularle con terceros donde se pueda ir separando progresivamente. Especialmente luego de saciar su necesidad de apego inmediato, estas etapas requieren de mucha paciencia y entendimiento de parte de los cuidadores para alcanzar su resolución de manera respetuosa y cercana. Evitemos etiquetar al bebé y hacerle pasar por cuadros de ansiedad producto de la separación brusca de la figura de apego principal, ya que aunque suponga un proceso agotador para los cuidadores es la manera más segura de ayudarle a edificar su autoconcepto y autoestima.